La pisada es la forma en que apoyas y transfieres el peso en cada tiempo de la bachata dominicana, y es la base sobre la que se sostiene todo el baile. No es plana ni mecánica: tiene acento e intención. Cuando la pisada está bien, las caderas y el cuerpo se mueven solos; cuando falta, ninguna figura logra que «se sienta» bachata.
En mi campeonato, el Mundial de Pasos Libres, hemos llegado a tener 800 inscritos para 400 plazas. Y una de las cosas que más miro para decidir quién entra es sencilla de decir y difícil de fingir: la pisada.
«Yo quiero ver tu pisada»
Puedes bailar con estilo tradicional, moderno o sensual. Da igual. La bachata tiene una pisada, un peso que va al suelo, y si no tienes eso —ese lat en el piso, ese acento— no se siente bachata. Por muy espectacular que sea todo lo demás.
La pisada es la forma en que apoyas y transfieres el peso en cada tiempo. No es plana ni mecánica: tiene intención. Cuando está bien, el cuerpo se mueve solo, y las caderas no se «hacen»: aparecen como consecuencia de pisar bien.
El adorno no puede comerse la base
Aquí está mi crítica más honesta. El baile se adorna: con ciertas ondas, ciertas caderas, cierto juego de pies, cierto gesto de cabeza. Precioso. El problema es cuando el adorno supera a la base.
Todo recurso, en exceso, hace daño:
- Se abusa del pie y ya solo ves pasitos sin música.
- Se abusa de la figura y desaparece la conexión.
- Se abusa del cuello y la onda y, al cabo de seis horas, ese cuello ni aguanta.
Cuando el adorno se convierte en el fundamento del baile, deja de ser bachata. La onda constante, por ejemplo, te cambia el peso todo el rato y no te deja pisar: como follower, me quita el espacio para ser creativa. Lo que me gusta del que baila con buena base es que te deja en el centro, te deja trabajar.
Los pies son lo que menos ha evolucionado
Mira lo que ha pasado con la música: los músicos han evolucionado una barbaridad. Respetan el patrón, pero la guitarra ya no hace el mismo taca-taca estático de los 90; los arreglistas juegan, incorporan cosas nuevas, y el género se ha expandido por todo el mundo gracias a ellos.
¿Y el bailador? El bailador no se ha subido a ese carro. Evolucionamos en ondas, en figuras… pero los pies siguen siendo los del primer día de clase: cuatro pasos. Los caleños, los cubanos, estudian su juego de pies durante años. Nosotros, en la bachata, seguimos con cuatro pasitos y todo el trabajo por encima.
Aguanta el mal trago
Al principio, la pisada engancha. Luego llega el día del contratiempo, y mucha gente se va de la clase: «me encanta, pero no estoy dispuesto a pasar el mal trago». Y yo les digo: quédate, sufre un poquito. El miedo al ridículo es lo único que te separa de bailar de verdad.
Porque cuando un alumno por fin «pilla» la pisada, se le ilumina la cara. Deja de contar y empieza a sentir. Ese es el momento en el que la bachata deja de ser una coreografía y se convierte en un idioma.
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